lunes, 21 de noviembre de 2011

Cuando el piropo es una agresión SOL LAURÍA mlauria@laestrella.com.pa


2011-11-13 E ra un domingo caluroso y húmedo. Después de una caminata por el parque Andrés Bello, con mi amiga María decidimos premiarnos con un helado. Tomamos Vía Argentina hasta la España, giramos a la derecha y enfilamos para la heladería. Íbamos livianas y lentas en nuestra ropa deportiva, pegadas a las vidrieras, cuando una camioneta de la Policía Nacional aminoró la marcha y se posó a nuestra izquierda:

-Reinita la llevo, súbase, venga que está cansada —dijo el policía que manejaba, mientras el acompañante uniformado nos guiñaba el ojo.

-Qué linda reinita mi amor -fue una de las frases que soltaba como letanía, una de las pocas que la sorpresa nos dejó escuchar.

-¡Vamos, circula! -grité-. ¡Apreta el acelerador, vamos!

-A ti te circularé -contestó.

Caminé más rápido y el policía vociferó más duro aún todas las cosas que me haría. Más enojada que sorprendida, paré, tomé mi celular y le advertí que sacaría una foto a la chapa para presentar una denuncia. Él frenó en seco, asomó la cabeza por la ventanilla, me miró y dijo: ‘Vamos, adelante’. Esperó y preguntó: ‘¿Pudiste tomar una buena?’. La sangre se concentró toda junta en mi cabeza, algo que debe haber notado mi amiga que antes de que atine a reaccionar me tomó del brazo y advirtió: ‘Camina que si te haces la reivindicadora te llevan y te hacen lo que quieren’. Y caminé.

No entendía nada. Los piropos, cuando son con humor y algo de inventiva, son bienvenidos. Pero estos, por el tenor de lo dicho y por la persona que lo dice, irritan, atemorizan y ofenden. No es difícil en este caso establecer el límite entre elogio y agresión.

No sabía qué hacer. Primero pensé en ir a denunciarlos a la sede policial. Me imaginé la escena: entro y digo ‘Buenos días señor policía, vengo a denunciar que un compañero suyo me acechó con palabras soeces’. Y, enseguida, presentí la respuesta: ‘¿Qué le pasa, Reina, no cree usted que es bonita como para que se lo digan?’.

Entonces creí que podía avisar a la campaña contra los piropos agresivos que lleva adelante la organización internacional Hollaback! O ir directamente ir y rallarle la camioneta. O escribir grafitis. O iniciar una campaña aquí. Finalmente opté por escribir esta columna.

Cuando abrí la puerta de la heladería, la camioneta siguió su trayecto y la perdí de vista. Una señorita muy amable me sirvió el más grande de todos, de chocolate y frutilla, con caramelo y almendras. Mientras veía cómo maniobraba la cuchara para dejar una bocha rosada perfecta sobre el cono, pensaba en la 4x4 y esos dos hombres que trabajan en una fuerza que tiene como insignia ‘Dios y Patria’.

No me importa lo que piense el policía o la fantasía que construye en su cabeza cuando ve pasar a alguna de nosotras con ropa deportiva. Sí que nunca más ninguno se atreva a soltar públicamente algo semejante. Que no se atreva porque entendió que no se debe o, simplemente, porque su trabajo es otro y eso tendría consecuencias.

EDITORA LA ESTRELLA

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