
periodistas@laestrella.com.pa
Los cambios sociales han puesto a las mujeres en un buen sitial que ahora deben velar por mantener
DESAFÍO. La ONU considera que la democracia no puede ser representativa cuando es evidente que al menos el 50% de la población se encuentra inadecuadamente representada en el parlamento. Foto: Archivo |La Estrella
2012-01-22 — 12:00:00 AM — Como el brillo de lo nuevo, el 2012 ha iniciado con una muy fuerte carga simbólica en la que, al parecer, lo único que es claro, seguro y contundente es que vienen pronto desastres sociales que seguirán a los eventos naturales, producto de la depredación del ambiente a la vez que resultado de diversas y crecientes crisis hoy globales.
Lo demás al parecer seguirá todo igual. También aquí en nuestro pequeño país continuará el proceso contradictorio en el que se juntan el alto crecimiento económico, el desorden institucional que fragiliza la democracia, el reinado de modas provenientes de la marginalidad, la vigente mixtura en la que nuestro Macondo se junta con la posmodernidad. Todo ello contiguo a los discursos que hoy se complacen en atribuir dichas crisis a los cambios en la familia debido a la pérdida de razón de su naturaleza autoritaria y patriarcal. Pérdida que puede ser múltiplemente explicada y en la que es central la movilización de las mujeres y en particular la acción del feminismo durante las tres últimas décadas a lo largo de todo el Siglo XX. La presencia activa de la lucha de las mujeres por sus derechos y los cambios sociales y culturales —conflictivos, ambivalentes, problemáticos— que hoy son evidentes, han generado cambios en la visión tradicional y autoritaria que preside las concepciones del mundo particularmente en la América Latina y el Caribe.
ENTRE LO VIEJO Y LO NUEVO
Esos cambios han impugnado de hecho, valores, concepciones, representaciones y prácticas sociales. Han producido —a la vez que son efecto— nuevas subjetividades e identidades de género, donde lo viejo y lo nuevo coexisten en lucha, abierta o velada pero que son cambios evidentes en el tejido que conforman las prácticas cotidianas, las relaciones entre los géneros y la vida social misma. Cuestionada esa visión, han sido afectados por dichos cambios, la moral, la moralidad, los códigos y criterios y el nivel en que son juzgados tales actos, el nivel ético.
Pero aún ésta mirada general sobre nuestras realidades no alcanza a dar cuenta y ver en lo profundo los otros significados de las tensiones generadas por los cambios en la situación social de las mujeres. El análisis debe penetrar en entramados, también complejos y profundos del ser social, para poder ver los nuevos valores que disputan a otros valores su primacía y/o hegemonía y lo que suponen y significan para las relaciones entre hombres y mujeres, sus respectivas identidades y las propias sociedades.
Podría suponerse que se tratase de un simple cambio de lugar, de un deslizamiento de unos u otros e incluso de un nuevo equilibrio entre visiones contradictorias, dado que es ya un lugar común la coexistencia, en nuestras sociedades, de diversos ‘países’, diversas realidades, relacionadas de manera distinta y en distintos niveles con la modernidad y la postmodernidad mundial. Es decir, en nuestras sociedades perviven simultáneamente la sociedad tradicional, las costumbres, tradiciones, representaciones sociales y visiones del mundo y formas de relaciones y modos de vida sedimentados con escasos cambios y con tiempos contados ancestralmente; junto a la modernidad, la urbanización, la escolarización, la secularización de los modos de vida, la innovación tecnológica, el neoliberalismo, la postmodernidad y la globalización en todas sus formas.
Y tal simultánea existencia, en las identidades, las relaciones familiares y cotidianas, dado su carácter profundamente perturbador se constituye en fuente de nuevos conflictos sociales y personales y seno de la agudización de algunos ya viejos. Sin embargo, dichos cambios son procesados de modos mucho más modernos en sociedades que lo parecen menos que la nuestra en tanto acá, hay sectores que llegan a afirmar que al exigir derechos, ‘las mujeres, entonces, sí son una amenaza, cuando no cumplen su verdadero y completo papel en la familia y en la sociedad...’ (La Prensa, Panamá, 07-9-11).
DESORDENES EN LA MASCULINIDAD
Particularmente la familia es un ámbito profundamente conmovido y afectado por estos cambios y la expresión de ello es la agravación de la conflictividad en su seno. Valores como el honor masculino tradicional —basado en la ausencia de autonomía femenina—, resultan vulnerados cuando las que deben sostenerlos se rebelan y actúan con un sentido distinto. Impugnado como valor central, a su vez produce una trastocación de la misma identidad masculina que ahora debe encontrar otros escenarios ontológicos y éticos sobre los cuales fundar su primacía. Diferente a lo que es evidente ocurre con la identidad genérica femenina, dado que en el proceso de impugnar tales valores elabora y funda nuevos valores a partir de los cuales se concibe a sí misma.
La impugnación de las viejas figuras ideológicas, modelos del varón dominador ‘exitoso’, implican la fragmentación de la identidad tradicional masculina. No hay en las identidades masculinas latinoamericanas algo tan ‘sólido’, como el valor de la maternidad para las mujeres. Este modelo efectivamente ha sido cuestionado, cuestionado su poder, su contenido y su forma. El modo que organiza el orden del mundo ya no es el único posible ni racionalmente pensable. Pero la resistencia también es evidente, y ésta resistencia, que a veces deviene reacción, tiene que ser a su vez evaluada, valorada, sopesada, porque ella es ahora la mediación en la relación entre mujeres y hombres. Por más autogobernadas y libres, es en esa relación en la que valores como autonomía, igualdad, justicia o libertad, cobran sentido pleno y materialidad concreta; e intentar ejercerlas se constituye aún en actos que tienen un costo personal, existencial nada bajo.
CAMBIOS Y RESISTENCIAS
Estos cambios sociales, identitarios y valorativos todavía no son parte sólida de las instituciones y representaciones sociales de las grandes mayorías y también enfrentan una resistencia que las condiciones materiales precarias agravan pesadamente. Lo innegable es la existencia de estos cambios –sociales, políticos, culturales, tecnológicos, simbólicos— protagonizados por las propias mujeres para transformar su condición y situación han conmovido a todas las sociedades.
Dicho de otro modo, es evidente que las mujeres quieren cambios: libertad, autonomía, justicia, accesos y oportunidades, pero también amor y camaradería, familia y compañía. Es la subordinación el precio de todo esto último ¿Son estos nuevos fenómenos éticos el signo de una crisis, de un momento, tras el cual todo retornará al antiguo orden? Esto esperan quienes niegan el avance de los derechos y las oportunidadea las mujeres, como ha pasado ya varias veces.
Las nuevas condiciones hoy existentes respecto a las mujeres, no son el ideal previsto en las utopías, representan en todo caso un conjunto de posibilidades que hemos abierto las mujeres y que aún debemos continuar, para que estos cambios en nuestra condición sean valorados como bienes estimables por todas nuestras sociedades, no sólo en lo público sino también en lo privado, en el universo de la intimidad, la cotidianeidad y la identidad. Nada esta extático en el mundo, lo que no avanza retrocede.
PROFESORA DE FILOSOFÍA
APOYO
No hay en las identidades masculinas latinoamericanas algo tan sólido como el valor a la maternidad.
Las condiciones existentes respecto a las mujeres no son el ideal previsto
No hay comentarios:
Publicar un comentario